Amor en patera

Catorce de febrero de dos mil dieciséis.

Querido Valentín:

Aún me duele la mirada del último niño que se aferró a mí entre la vorágine de rostros que enfrentaban las olas. Tenía el cabello negro, rizado, y el ruido de las bombas reflejado en los ojos. Un hombre joven lo alzaba en volandas, mientras su barquita de plástico se hundía en el océano. Nos pedía a gritos que lo ayudáramos, al niño.

Resulta indecible la solemnidad de aquel que se ha resignado a la muerte sin remilgos. Uno jamás se acostumbra a decidir quién vive, quién muere. Pero agarré al niño con las manos firmes de quien se aferra a la vida, lo envolví en una manta y lo senté en mis rodillas. Me llevó siete horas conseguir que pronunciara una palabra. Fue «Mamadou», el nombre de su padre. ¿Qué se contesta a un niño que pregunta por su padre muerto? Nunca se aprende a hacerlo.Llegamos a la orilla pocas horas después. El niño seguía mirando el mar. Cuando comenzamos a desalojar la balsa, todos corrían atemorizados hacia la ciudad. Pero el niño seguía mirando el mar. Le ofrecí mi mano, y me devolvió el reflejo de quien ya no confía en nadie. ¿Cómo hemos podido permitir que los niños lleguen a conocer tanto odio, tanta tristeza?

No conseguí que la aceptase, pero bajamos. El niño iba descalzo. Cientos de personas se reunían a ambos lados del camino, esperando encontrar a los vivos, y olvidar a los muertos. Personas sin rostro.

Lo perdí de vista sólo un segundo.

No me lo hubiera perdonado jamás. Pero un llanto entre tantos me devolvió a la Tierra. A tan sólo unos pasos de mí, el niño lloraba, abrazado a una anciana de tez oscura. Poco después, supe que esa misma mujer llevaba horas gritando hasta dejarse la voz, lo mismo que había pronunciado el niño: Mamadou. Durante aquel abrazo ninguno de los dos necesitó palabras. Los dos se respondieron en silencio. No he vuelto a saber de ellos.

El día de hoy, pensaba en enviarte una carta de amor, unas pocas palabras de sentimientos rotos; un lamento infinito por tu ausencia. Pero, son tantas las historias que dejamos que arrastre la marea. Tantos los rostros silenciosos que dejamos morir entre las sombras. Que no puedo pensar en festividades. Nos hemos pasado siglos construyendo una humanidad que tenemos la opción de destruir en un segundo. Eso nos hace horriblemente libres, y maravillosamente humanos. Por eso sólo puedo pensar en Senegal, Somalia, Siria. Y no puedo olvidar que, en días como hoy, no somos protagonistas; tan sólo somos bárbaros, que celebramos con flores y bombones, mientras dejamos ir el verdadero amor en pateras.

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