Frente a la barbarie, cultura

“Confieso que he vivido”, ensayo de Pablo Neruda. (Enlace Communities.Intel)

2. Perdido en la ciudad.

Todo se lo tragaban, con religiones, pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se lo llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras.

– Pablo Neruda

Nos dice la música sobre América Latina, que “es un pueblo sin piernas, pero que camina”. Precisamente esto, ( y pidiendo disculpas de antemano por la osada comparación), pretende transmitírsenos en este ensayo.

Un pueblo asediado, destruido, sometido; al que le fueron cruelmente arrebatadas sus tradiciones y sus costumbres. Un pueblo que fue testigo del mayor genocidio de culturas hasta hoy conocido, al que tenemos la mala costumbre de llamar “descubrimiento”. Un pueblo que, aun habiendo sufrido toda esta sucesión de barbaries y atrocidades, de viles acontecimientos; fue capaz de hallar un “lado positivo”.  El legado indirecto que dejaban aquellos crueles hombres, aquellos seres inhumanos: las palabras. Que habrían de convertirse en el mayor y más eficaz elemento de lucha que un pueblo podría llegar a poseer.

Se nos ofrece sin tapujos la suma importancia que para él presentan las palabras, mediante un léxico completamente afectivo. Desde las descripciones, las “enumeraciones gastronómicas”; los frijolitos, las butifarras, el oro y el tabaco. Hasta la benevolencia con la cual llega a juzgar a los “conquistadores”.

El tan terriblemente controvertido asunto que se nos presenta, se desarrolla de manera que nadie pueda, realmente, llegar a sentirse ofendido. Neruda resuelve con maestría la encrucijada en la que se ve envuelto, armado simplemente con sus palabras.

El “descubrimiento” de América es un tema que aún hoy provoca opiniones totalmente contrarias en ambos bandos, entre “conquistadores” y “conquistados”. Un juicio que nunca abandonará sus tribunales, pero que nunca conseguirá obtener una sentencia clara.

La benevolencia con la que Neruda, – así como el resto de Latinoamérica- nos ha trata (o ha tratado en un momento concreto), es completamente carente de merecimiento alguno. América nunca necesitó ser descubierta. Y aun habiéndolo “sido”, su gente nos agradece el único elemento positivo que este hecho tuvo. Las palabras.

Quizá Neruda tenga razón. Quizá, “todo está en la palabra”. Quizá, para posibles acontecimientos futuros, debamos tener en cuenta la posibilidad de que el diálogo preceda al descubrimiento. Quizá, incluso en lenguas distintas, podemos lograr entendernos.

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