Las estrellas por techo

Deslizo las yemas de los dedos entre las ranuras, suavemente, como si se tratase de las oquedades del alma. Cajas. Resulta apabullante la facilidad con que uno puede empaquetar su vida, cerciorándose de no olvidar los detalles, las migajas, los recuerdos que quedan confinados en las esquinas y escapan incluso a nuestras miradas de desesperanza.

Apenas han pasado dos semanas, tiempo suficiente para que tiemblen todos y cada uno de mis huesos. El aviso llegó en un sobre minúsculo, pálido, inofensivo, tan diminuto que consiguió colarse por debajo de la puerta y quedarse justo allí, muerto, como nosotras; pues venía a decir lo que todas sabíamos hacía ya mucho tiempo, y nadie se atrevió a creer.

Quince de noviembre. Fue entonces cuando comenzamos a guardar nuestras cosas en aquellas cajas de cartón pardo, que lo engullían todo con fauces de monstruo; silenciosas, cómplices de nuestro imperdonable delito. Sobrevivir. No teníamos demasiado, sólo un par de fotografías, libros y ropa. Los calcetines, los pantaloncitos. Verónica me observaba extrañada desde sus zapatos rojos. « No pasa nada, nos preparamos para el invierno, como la hormiga del cuento ». Repetía la acción de forma casi mecánica, doblar, guardar, cerrar. Uno no está preparado para salir del vientre materno, así como nunca lo está para un desahucio. No es algo que se enseñe en los colegios, ni en la homilía del domingo.

Intenté vender los libros, fue como deshacerme de mi memoria. Al día siguiente volví a mirar las cajas. Me pareció absurdo. ¿Dónde pretendíamos llevarlas? Volví a sacar la ropa, las fotografías, un cuaderno sin anillas lleno de los dibujos de Elena. Lo amontoné todo, con cuidado, lo abandoné a la deriva de una vida sin rumbo.

Cenábamos sentadas en la mesa de la cocina, a la luz de una bombilla que pendía de un hilo, y se mecía al ritmo de las corrientes de aire. Las niñas siempre estaban muy calladas, pero mi madre mantenía el porte, les cantaba canciones de ilusión. Lo peor eran las noches, la noche no siente piedad ni exime de la mortaja. Dormíamos abrazadas, en la misma habitación, en una cama las niñas y yo, y en el sofá mi madre; que había tenido que dejar de fumar y decía «el colchón le raspaba las costillas y le ardían los pulmones».

Yo sabía que sólo era una excusa, para que tuviéramos más espacio. A veces Verónica me hablaba de madrugada. Mamá, tengo frío. Dame la mano. Por qué no encendemos la calefacción. Apriétala más fuerte, te daré calor con mi corazón de dragón.

Veintidós de noviembre. La vorágine de sentimientos me devoraba las entrañas, me comía la culpa. Lloraba cuando mi madre dormía y las niñas estaban en el colegio. Ya no teníamos dinero para comprar nada. Parecía como si viviese en otro siglo, otro mundo. Miraba avergonzada mi figura desnuda en el espejo. Ni siquiera tenía un cuerpo que vender. La paga de mi madre no nos llegaba, los libros, las medicinas, la hipoteca. La hipoteca, la hipoteca; hubiera hecho cualquier cosa.

El veinticinco de noviembre llegó un nuevo sobre, esta vez del colegio. En él decía que Verónica «estaba muy distraída, no quería estudiar». Escribí a lápiz que sólo tenía ocho años, y que la vida tampoco nos quería a nosotras, en la misma hoja. Luego le prendí fuego. Observé cómo se consumía, y las pavesas comenzaban a flotar por todas partes. Golpeé las paredes con rabia.

El domingo ya no supe qué hacer. Sólo teníamos dos días, y el mundo en nuestra contra. Pensé en encadenarme a las puertas del edificio. Morir, pero tenía cuatro vidas. Cada día salía a buscar trabajo y volvía de madrugada, como un águila que no ha encontrado nada que llevar a su nido. Tenía ampollas en los pies, los zapatos demasiado viejos, que me hacían heridas al caminar. Veía pasar los coches, la gente; la muchedumbre que entraba y salía de los bares y los restaurantes. La ciudad me pareció tan bella aquella noche. ¿Cómo podía no haber un hueco para nosotras en un lugar tan enorme? Fue entonces cuando las niñas me miraron directamente a los ojos, y preguntaron qué pasaba. Me hice pedacitos de papel, que caían, caían…

Pero, la última noche, oí una voz justo antes de quedarme dormida. « ¡Dejad que se queden! », « ¡Vivienda digna!». Al principio creí que me había vuelto completamente loca. Las cajas estaban vacías. Poco después volví a escuchar algo « ¡Las niñas, las niñas!». Corrí hacia la ventana, aterrorizada, pensando que había un incendio. Fue entonces cuando vi cómo decenas de personas se habían atrincherado en la puerta. Algunos de ellos, profesores; viejos rostros revividos de las fotografías, otros completos desconocidos. Todos traían consigo velas, linternas, sus teléfonos móviles, y apuntaban hacia el cielo, hacia las fachadas de los edificios; pancartas, camisetas con las caras de las niñas.

En ese momento rompí a llorar, con el alivio de quien consigue compartir la asfixia de una gravedad asesina. Rompí a llorar, porque el ser humano puede ser maravilloso, a veces. Puede ser benévolo, altruista; humano. Lloraba porque toda aquella gente había venido a no dejarnos morir solas.

Mamá, mamá. Qué pasa.

Resistiremos. Verónica, Elena, mamá. Resistiremos.

La vida de un ser humano está íntimamente condicionada por el lugar del planeta en el que nace. En Tanzania uno jamás debería someterse a un desahucio; sin embargo, a este lado del Mediterráneo los países gozan de “urbanizaciones fantasma”, cascarones vacíos, mientras las calles se abarrotan de repudiados, sintiéndose peces en el desierto.

Pero salimos a la calle acompañadas. De nuestro miedo, de nuestra rabia y de la fraternidad de unos pocos soñadores.

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