Mariposas

En otra ocasión, mientras veía cómo arrojaba gajos de naranja a las gallinas, sentada en un alto bidón de agua; pedí a mi abuelo que me hablase sobre mi abuela.

─Abuelo, ¿cómo murió la abuela?

Agarró un puñado de cáscaras del interior de la bolsa, y continuó avanzando entre el barro.

─ ¿Quieres un columpio?

Incliné la cabeza levemente, hacia la izquierda. ¿Un columpio?

─ Puedo atar dos cuerdas a una rueda, y pondré un cojín. Vamos, será divertido.

No hice más preguntas.

Mi abuelo salió del barrizal, se quitó los zapatos y comenzó a andar descalzo sobre la hierba. Tomó un neumático, una enorme soga y un cuchillo. Se aproximó al olivo más cercano, y comenzó su extraño juego de nudos y cuerdas. Apenas le llevó diez minutos y medio, y una flamante rueda colgaba de una gruesa rama; meciéndose en perfecta sincronía con el viento. «Casi se me olvida», un feo y descolorido cojín púrpura, lleno de plumas, fue colocado en la cima de tan extraño y singular Everest.

─ ¿No te subes?

Corrí hacia él como si lo que tenía en frente fuese un enorme globo aerostático. Adelante, atrás, adelante, atrás. Yo sola me valía para mecerme; y sentía tan liviana como un pájaro.

─ Tu abuela nació hace mucho tiempo, tanto que ni me acuerdo. ¿Quieres que te cuente cómo nació tu madre? Es una historia de lo más interesante.

Las historias de mi abuelo no eran tópicas o típicas; por encima de todo, eran suyas. Y encandilabas hasta al mayor de los necios. Jamás han vuelto a hacerme una proposición cuya respuesta tuviese tan clara.

Isabel nació una mañana diáfana de julio, de mil novecientos sesenta y nueve.

Muchos acontecimientos habían encontrado su lugar en aquel último suspiro de los míticos sesenta. Un año triste, melancólico, empapado. Con gabardina y bombín para la música.

El cuarteto de Liverpool compartiría por última vez la luz bajo los focos. La literatura, por el contrario, se prepara para acoger entre sus cándidos brazos a las que posteriormente se las consideraría «las mejores novelas del S.XX». En España, la dictadura de Francisco Franco firmaba su sentencia de muerte; pero aquel reloj de arena tardaría aún seis largos años en dejar escapar su último grano. El hombre se lanza «à la conquête de l’espace», chocando sus ideales con Venus y consiguiendo el mítico, apoteósico y tan ansiado como esperado por todos, alunizaje. Tan sólo unas semanas antes, a diez mil setecientas dos yardas, setenta y cinco mil aleteos y tres mil quinientas poblaciones a la izquierda, se libraba la longeva «Guerra de las Cien Horas»; y, tan sólo unas semanas después, inmune a toda esta larga lista de acontecimientos, se conservaba frágil e indefensa, ajena al paso del tiempo y de la vida, tumbada en el regazo de su madre, Isabel García. Como la hoja marchita de una rosa entre las granates líneas del implacable paso, del despiadado tiempo.

Durmió plácida y tendidamente durante cuatro de sus primeras cinco horas de vida. Podría decirse que después de aquello no volvió a cerrar sus ojos. Tras cincuenta y seis horas de parto, ninguno de los presentes daba crédito a que ambas continuaran con vida. Ariadna Miret, a quien precedía su reputación como superviviente nata, una vez más parecía haber escapado de las garras del exilio. Pero no fue así.

Murió un par de horas más tarde; diagnosticaron, de agotamiento. Pero Ariadna Miret nunca habría muerto de cansancio. Murió de paz. Al fin, tras cuarenta y siete largos años de lucha, podía desaparecer sin borrar todo rastro de su paso por la Tierra.

Marcial Miret, su padre, pusilánime por defecto, se caracterizó siempre por su paso lánguido y su aire desgarbado; quien en sus años dorados había sido el joven más apuesto de toda la vendimia francesa, apareció muerto junto a una botella de whisky barato. Tenía la tez bronceada propia de alguien que ha trabajado cuatro tercios de su vida bajo el sol, y los ojos inyectados en sangre de un maníaco.

Nunca llegó a ganarse un lugar en esta historia.

Por primera vez en su vida, Isabel fue considerada un problema. Los contactos de Ariadna siempre eran demasiado irresponsables, demasiado libres o demasiado poco. Ambas familias miraron hacia otro lado, y tirarla al río habría sido demasiado despiadado, incluso para los peores y más sin escrúpulos. ¿Eran aún  tiempos de hambre? Nadie parecía querer saberlo.

Finalmente, tras largas semanas de discusiones sobre quién terminaría siendo el menos afortunado, una dama de clase media- adinerada, estirpe francesa y complexión de roble, decidió que quizás algún día podría serle útil, y se hizo cargo de mí.

Madame tenía un curioso parecido a un cuadro de Picasso, ni ella misma hubiera sabido dónde colgarse unos pendientes. Sus ojos eran dos enormes bolas a las que las cuencas parecían quedárseles pequeñas. Su pelo era rubio, largo y grasiento; y su dentadura llevaba media vida añorando a más de un par de dientes.

Aparentemente, en aquel amasijo de tozudez y opresión no había lugar para sentimientos de a pie. Era viral, temida y conocida en varias ciudades; según las malas lenguas. Aunque muy a su pesar, yo, que tantos años conviví junto a ella en soledad, debo decir que jamás pude imaginarla como a un ser alejado de lo justo y benévolo. En diecisiete años y muchas más noches jamás la vi vestir de negro.

Pasaron muchas nubes y muchas estaciones, cayeron muchas hojas; y otras volvieron a nacer. En el período de tiempo concurrido entre mil novecientos setenta y seis y mil novecientos ochenta y siete; esta vez, la mala noticia fue directa al mundo de la imaginación y las estilográficas. La literatura decía adiós a la que se convertiría, terrorífica y merecidamente en la mítica Agatha Christie. Los ochenta, los mágicos, míticos, melómanos ochenta. Fueron terriblemente irónicos y crueles con su música. El ocho de diciembre, al eterno adicto al rock psicodélico y al amor, le era brutalmente arrebatada la vida por tres centímetros cúbicos de plomo. Y demás catástrofes desesperanzadoras; terremotos en San Salvador y México, el asesinato de Indira Gandhi, entre otras muchas que, desgraciadamente, no tienen lugar aquí ni ahora. El uno de septiembre de mil novecientos ochenta y cinco los sueños, las ilusiones, esperanzas, paz, descanso y justicia de cientos de personas eran rescatados del fondo del Atlántico Norte. El buque de los sueños era al fin liberado de sus ataduras.

(…)

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s