Pan y circo

Leía recientemente que «en España, la corrupción no está mal vista, sino que florece gracias a la tolerancia». Y, viendo que vamos servidos de Púnica, Gürtel, ERE, Bankia y Malaya, quizá sea cierto. Aunque dudaba.

No le falta razón a la afirmación de que estamos realmente faltos y necesitados de escepticismo. Los adeptos no deben olvidar que ningún líder juega al ajedrez con dios en sus ratos libres, y que «lo que no cuadra», no debe defenderse sino cuestionarse. La devoción ciega genera, al menos en mí, una desconfianza casi absoluta.

Pero, en el país de la Ley Mordaza, donde manifestarse es un pseudo-delito, donde el preferentista que intenta agredir al Señor Rato se convierte en noticia antes incluso que el inaceptable y vergonzoso delito de éste, donde ni el exceso de valentía ni el ansia de justicia se premian con medallas; ¿quién se atreverá? ¿Cómo?

Quizá sea cosa de que en dieciséis años aún no he tenido tiempo de entenderla, o que, en efecto, soy una enamorada del escepticismo; pero a mí, la política española y su folclore me siguen pareciendo todo un misterio.

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