Por ser quién y lo que eres

El suceso que a continuación procederá a ser relatado realizó su entrada en mi vida de forma, cuanto menos, peculiar. Llegó a mis manos en un sobre envejecido que encontré a punto de caer olvidado en una recóndita oquedad en la madera podrida, tras una gruesa enciclopedia en la biblioteca más anciana y sabia que jamás he visitado. Un fino carmesí ─ que podría haber pasado desapercibido en los zapatos de un aristócrata francés de antaño, los meses previos a su cita con «la Louisette»─ lo recubría con rigurosidad y dulzura. Un viejo pliegue de papel descansaba dentro de aquel coriáceo envoltorio.

Corría la noche del uno de abril de mil novecientos noventa y nueve. Por un instante pensé en dejarlo allí, en su autarquía moral, su réquiem, su exilio. Mas el perfilado contorno de tres memorias de lo que un día fue sangre; despertó en mí toda clase de curiosidad e inquietud a día de hoy conocida. Decía así:

«Apenas tenía catorce años, y las hendiduras en la piel propias de quien ha vivido mil. No veía más allá de mis narices, en todos y cada uno de los amplios sentidos de tan poco acertada expresión; pues, en el treinta y ocho, una desafortunada bala «perdida» me hizo «perder» gran parte de ésta.

Pese a esto, una vez fui un muchacho guapo, apuesto. Una vez paseé del brazo de la Mercedes bajo los cipreses, y le prometí mi suerte. Entonces todo sucedía deprisa, teníamos poco tiempo. Vivíamos apresurados.

Mi vida ha sido algo más que peculiar. Recatada, quizá, pero singular. Recién había cumplido los once cuando comenzó la hecatombe, el diecisiete de julio de mil novecientos treinta y seis. Mi hermano era un recién nacido. Por las noches, para cambiarle los pañales, encendíamos un candil que siempre descansaba en una de las vigas que sostenían el techo de la cocina. Empapábamos la cazoleta en aceite, e introducíamos en ésta una torcida, la cual debía empaparse con rigurosidad y paciencia.  Luego, había de prender y afianzarse la llama. Madre agarraba el candil, una vez encendido, y paseaba de un lado a otro de la habitación. Una noche, llamaron a la puerta de madrugada, yo aún estaba despierto. Podían oírse fuertes explosiones, madre me había dicho que eran fuegos artificiales. Pero no eran fuegos, ni luces; sólo bombas. Agarré a mi hermano y me escondí debajo de la cama con el primer golpe, como me habían enseñado. Tres hombres aparecieron en la puerta, afirmando haber visto a alguien «hacer señales al enemigo». En una escatológica escena, suplicante de piedad, madre alzó el pañal sucio entre temblores. «No han sido señales» Respondió con el alma entre los labios. Marcharon riendo, madre lloraba mientras se mordía la lengua. Yo observaba callado desde el suelo, mientras mi hermano lloraba sin consuelo.

Aquella noche habría de repetirse años después. No había llegado aún a los doce cuando tres hombres armados tiraron la  puerta, y se la llevaron. Me oriné en las sábanas al oír los gritos, pero esta vez no encontré el valor para meterme debajo de la cama. Permanecí inmóvil. Junté los párpados con fuerza, sabiendo que dormir era mi cometido. Pero las lágrimas brotaban sin control de aquellos ojos pajizos. Pasé despierto cada minuto de aquella noche, sin lograr encontrar el consuelo; a tan sólo unos centímetros de la cama de mi padre, e incapaz de buscar a tientas sus manos. Horas después de que el siniestro hubiese terminado, yo no sería capaz de mover un solo dedo. Padre marchó hacia la prisión con las primeras luces, al abrir la mañana. Cuando intentaba introducirse en aquel harapo que él solía llamar pantalón, éste se rasgó en dos, y cayó al suelo. Observé que tenía en la mano la mordedura propia de una dentadura humana. Las hendiduras de los colmillos, la sangre seca. Por un momento, quise consolarme pensando que uno de aquellos hombres le había mordido. Todos dormíamos en la misma habitación. « ¿Padre, dónde va?»,  pregunté aterrado, con los ojos enrojecidos. «Duerme, hijo mío, duerme». Salió así, en calzones; sin afeitar y con un retal rojo anudado a la muñeca. Era catorce de octubre. No volvimos a vernos.

Quizá, nadie supo nunca que Candela Gómez fue violada apenas a una manzana de distancia; tampoco que dos balas atravesaron el corazón de Terencio Álvarez mientras él alzaba el pañuelo rojizo y entonaba el himno de la República. A diferencia de mí, y de mi hermano, él supo que había muerto desde el mismo instante en que cruzó la puerta. Pero sobrevivimos. Los dos teníamos los ahorros de media vida, que nos daban para comprar una hogaza de pan por semana. Entonces ambas cosas eran normales. Nunca debieron serlo. Ni siquiera yo sé cómo pudimos hacerlo, pero lo hicimos. A finales de marzo del treinta y nueve, tan sólo cinco días después, yo estaba convencido de que ambos saldríamos con vida del infierno.

La fecha exacta del día de hoy es uno de abril del año mil novecientos treinta y nueve.  Mi nombre es Carlos Álvarez Gómez. Hace una hora, recorría el camino de vuelta a casa, al salir de la barbería, junto a mi hermano Manuel, que me acompañaba. Un estrepitoso quejido. Un rugido de dolor. No confío en saber qué acaba de sucedernos. Cuando reparé en ello, mi hermano me observaba con los ojos de un cadáver, y un hilo de sangre emanaba de sus labios. « ¡Por maricón!», alcancé a oír desde la lejanía. Entre otros vejatorios gritos propios de un ser inhumano; un cobarde, un fascista. Me había cogido la mano, con fuerza. Yo le tumbé en el suelo y sostuve su mirada, inmensamente azul, hasta que dejó de serlo. Miré a la calzada gris, llena de polvo, resignada.

«Por maricón». Mi hermano no había cumplido los cuatro años.

Charcos de lluvia jugaban a la rayuela a lo largo de, la que mucho después, habría de conocerse como la Avenida Primero de octubre. Los vecinos ni siquiera abrieron las ventanas. Tuve que observar cómo aquellos hombres se llevaban el cadáver del pajarillo caído, mientras llovía sobre mi espalda.

Llovía sobre mi espalda.

Apenas pasaron unos segundos. « ¿¡Al hermano también!? ¡Sí, por rojo!».

Otro pájaro menos.

No he sentido dolor, pena o angustia. Al contrario, he sentido tristeza, y no por mi vida. He sentido tristeza por el hombre, incluso por el que me ha disparado. O quizá fuese una mujer. He sentido un profundo pesar; temo que hayamos tocado como moradores de la Tierra, como seres, y de aquí en adelante todo «vaya a peor». Temo que la guerra nos haya matado a todos, y nadie haya conseguido sobrevivir, temo a la guerra. Temo incluso a la paz. Temo por aquéllos que vivirán bajo el engaño, por aquellos niños que no podrán serlo. Pero ni siquiera he derramado una lágrima los que han perdido su infancia, como Manuel, quizá también como yo. De hecho, no recuerdo haber llorado jamás. Por ende, temo también haber nacido sin corazón, pero la sangre que brota de mi pecho y el punzante dolor que la acompaña, son realmente convincentes a la hora de rebatir mi argumento.

Supongo que es el momento idóneo para hacerlo; no puedo. No soy yo. Simplemente no puedo.

Pese a esto; aún ahora, quiero creer. Creer en las personas. Creer que estoy equivocado y de aquí en adelante todo «irá a mejor». Me he arrastrado moribundo hasta esta biblioteca para asegurarme de que, pese a no haber tenido tiempo ni ocasión de escribir unas memorias, pueda irme sin llevar conmigo todo rastro de mi paso por la faz de la Tierra. La muerte es un buen momento para ser egocéntrico. He arrancado la última página del primer libro que he podido alcanzar. Ha resultado ser la Biblia, ¡que Dios me perdone! Pero no albergo esperanza ninguna de encontrarme con él próximamente.

Quizá supongo en exceso.

No he sido médico, profesor, doctor, ni mucho menos cura. Ni mi madre, ni mi padre, ni mi hermano, ni yo; ninguno sobrevivimos a esta guerra. Muchos otros tampoco lo hicieron. Pero confío en que a ella, como a mí, se le está acabando el tiemp…»

Así finalizaba.

Me habría encantado poder hacértelo saber. Tenías razón, en cierta medida, a la Guerra se le acababa el tiempo. Aunque lo que se anunciaba, lo que venía después de aquello, habría de ser mucho peor.

Si hubiera podido ponérsele un rostro a lo terrible, si hubiera podido congelarse un sentimiento. El ser humano es un animal extraño. Pero si pudiera verte, a día de hoy, sería capaz de relatarte maravillosos cuentos, que fueron inventados tras la Guerra, tras la Dictadura, tras la represión. Aún quedan soñadores. Los sueños son a prueba de balas, bien podrían serlo ellos. Pero si puedo soñar, aún puedo luchar. Si puedo soñar, aún puedo salvar a alguien.

La fecha exacta del día de hoy es uno de abril de mil novecientos noventa y nueve; y en algo estoy de acuerdo contigo. La guerra nos mató a todos, incluso a los que no la vivimos.

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