Reflexiones de un viejo frente a su espejo

Estamos en crisis.

En una vorágine de valores que remueve el alma. Arañando los huesos de un mañana que aún hoy resulta incierto. Ruborizándonos ante la perspectiva de un pasado poco grato, que no nos deja marchar. Mirando con expectación hacia el futuro mientras nos engulle el trágico presente. Mientras no damos crédito a los grandes acontecimientos, y asistimos a nuestra propia vida como meros espectadores; la incredulidad no nos permite apreciar la maravilla en ésta. Lo extraordinario en lo tangible. No podemos huir.

Nos hemos amoldado a vidas paupérrimas. Dejado avasallar y, lo que es peor, seducir. Conquistar, sin convicción, sin oponer resistencia alguna. Dirigir, sin pena ni gloria; vivimos plácida e ignorantemente. Y pensándolo bien, quizá no esté tan mal. Nos ahorra mucho en trámites y en pensamiento. Nos enfría la sesera, nos deja descansar. Tan sólo tenemos que vivir sistemáticamente, y sonreír.

Pero hemos perdido lo más importante, el espíritu.

Las cosas solían ser distintas. A mí se me pasó la juventud del brazo de la Victoria, con la otra mano libre para agarrar, ambos, la bandera. Y hoy no me queda voz de tanto gritar que «queríamos ser libres». Libertad, divino tesoro. Quién pudiera hoy fortalecerse las piernas a base de experiencia, o historias; que de todo eso me sobra.  Describirle a sus brazos a qué huele un campo teñido de amapolas, cómo la luna se baña en el canto de los grillos, cómo se siente el grano recién molido. Desprenderse de la imagen que el espejo le devuelve, y afrontar las circunstancias con tesón, con valentía.

Hoy he escuchado en la televisión, en un canal cualquiera, que un partiducho está pidiendo que no votemos. Que lo hacemos por tradición y no por convicción, que no estamos capacitados. Tampoco lo estaban los obreros que en el treinta y seis resistían al franquismo, pero eso no les importa. Para qué compraría este aparato endemoniado.

Nosotros, viejos indómitos, destinados al peor de los exilios.

A Narciso Garrido Jurado, o «Papa Siso», como lo conocen sus hijos, y sus nietos; no le apasiona ver la vida deslizarse entre sus arrugas. Se observa, no se reconoce. Y no parece simpatizar con ese tipo escuálido y pobretón. Sobre su cabeza sólo conserva vestigios de lo que un día fue un lacio, fuerte y negruzco pelo; además de unas orejas flácidas y «colgonas». La piel que recubre su frente ha adquirido tonalidades violáceas y verdosas, manchas color marrón pueblan su tez dorada. Sus ojos llorosos no dejan de susurrar historias de vejancón, atrapando a cualquiera en el apagado azul grisáceo, que parece sufrir de una tristeza indecible. Unas broncas ojeras persiguen su mirada; tan impenetrable, tan repleta de niebla. Todo él está repleto de hendiduras, que no dan paz a un solo rincón de su rostro. Apenas conserva unos pelos blanquecinos en la barba, en un desesperado intento de dejar crecer un ambicioso bigote. Los labios parecen habérsele marchado hace mucho, cansados. Sólo una fina línea anaranjada recubre sus dientes. Sus brazos parecen haberse echado raíces en el hundido sillón de cuero al que se aferran. A veces, si observas con detenimiento, observas cómo se produce la simbiosis; y la savia fluye entre el tejido y la piel, el mueble y el humano. Como si nunca fuera a levantarse, o formara parte de algo mucho mayor; algo incomprensible para el resto de nosotros.

Cuando tenía dieciséis años me di cuenta de que no conocía a mi abuelo.

Ésta no fue, de ningún modo, una decisión tomada «a priori», carente de fundamento alguno. Durante el transcurso de mi entera existencia había convivido en soledad junto a aquel animal extraño, hecho de ojeras, que siempre parecía observarme con humo en los ojos. En mis recuerdos siempre aparecía anclado a aquel vetusto sillón. De su mismo color pajizo, con sus mismos encajes, bordados y manchas. En ocasiones, realmente creí entrever cómo sus brazos, habitados por cientos de venas gruesas, se fundían en el cuero y desparecían. Sus manos se desleían con parsimonia, sus uñas largas y retorcidas se contraían y estiraban, dando lugar a numerosas tiras de madera, que se unían al reposabrazos.

Era un apasionado de las largas caminatas; paseos extensos, pausados. Recorría cada día el camino que le separaba de la pequeña propiedad que a duras penas había amortajado años atrás. Allí se sentaba en un tocón de madera de olivo, rodeado de almendros siempre en flor. Desgajaba naranjas, sin prisa. Él comía los gajos y las gallinas se beneficiaban de las cáscaras. Recogía los huevos, paseaba entre las habichuelas y regaba los tomates. En sus mejores días, llegó incluso a poseer una cabra raquítica, de cornamenta retorcida, que le proporcionó más de un par de estigmas; sin ser él devoto de San Isidro, patrón del pueblo.

Siempre fui una apasionada de las películas de Walt Disney, desde muy joven. Apenas había cumplido los tres años cuando mi madre introdujo el video-casete de «Tarzán». Estaba muy ilusionada, porque en el envoltorio de aquella cinta aparecían animales salvajes a montones; felinos, gorilas y elefantes. Mi abuelo, como acostumbraba, permanecía sentado en su sillón. En un principio, emitió un sonido gutural, un gruñido, ante la imposibilidad de conservar su pantalla de televisión, ocupada por los informativos de TVE. Pero, con el tiempo, miraba de reojo. Y prestaba especial interés a la parte en la que el felino corría detrás del niño, y Kala, o como él la apodaba cariñosamente «la mona Chita», luchaba por proteger a su bebé. Cada día ladeaba un poco más la cabeza. Con el tiempo, acabó por anunciarme a gritos la llegada de Sabor, el tigre, para asegurarse de que no apartara mi atención de la escena.

A noches logramos entendernos, de forma pausada, paciente y cautelosa. Me llevó años descifrar aquella mirada hundida, que parecía navegar sin Capitán o rumbo, meses aprender a enfrentarla, y toda una vida intentar comprenderla.

Cuando tenía dieciséis años, me di cuenta de que no conocía a mi abuelo. Y quise hablar con él; encontrar un nuevo tigre que volviera a unirnos. Esto fue lo que me contó.

«Estamos en la era del quererlo todo, del no poder soportar el tener que quedarnos al margen, el no obtener beneficio alguno»; dice él, que para sí nunca ha ansiado ninguna cosa.

El altruismo se nos ha quedado pequeño, la austeridad nos sabe a poco. La opulencia es lo nuestro. ¡Oigan, sin vanagloria! Hemos oído hablar de eso de la austeridad, y también nos interesa. Aunque tampoco quisiéramos abusar. El narcisismo se nos está comiendo, nos devora el fiero apetito del egocentrismo. Cuando nos apasionamos, cuando queremos querer a ciegas y entregarnos a fondo; que si proselitismo, si populismo, si demagogia. En ocasiones tengo la impresión de que para acabar, de igual modo, en la desesperanza, ya no nos renta el luchar.

Vuelve a desafiarse en el espejo. A su silueta quijotesca, desgarbada, a su nariz aguileña. Y recuerda sus días de docencia. A Paquita, a Jorge, a Antonio y a Natalia. A todos aquellos niños de mejillas rosadas y soñadores ojos. Y su negra gabardina, su maletín de cuero, sus fuertes brazos. Su estancia entre libros, enseñando literatura en colegios y universidades, propagando a los cuatro vientos las líneas del Quijote.

¡Cambiar el mundo, amigo Sancho; que no es locura ni utopía, sino justicia!

«Todo lo que soy no es sino un residuo, una imagen, la sombra de un hombre valiente».

Uno de los errores más comunes de esta nueva pseudojuventud es el creer que los viejos pasamos el día recordando, que vivimos en el pasado. Soy viejo, pero no tonto. Puedo ver cómo me mira mi nieta. Pero lo cierto es que, pasado un punto concreto, deja de existir el orden cronológico. Sólo cuentas con una vida. Una vida repleta de episodios pasados, presentes y futuros; que alternas sin orden aparente. No vivimos en el pasado, el tiempo no tiene importancia.

Cuando miro a mi abuelo creo hallarme ante un felino agazapado, con valentía latente, que espera impaciente atacar al verdadero enemigo. Creo que sólo espera sentado, hundido en su sillón, al momento oportuno para echarse a correr. Que sus manos tiemblan por la emoción de lo vivido, porque ciertas aventuras nunca terminan.

Mas luego él, que para sí nunca ha querido nada, mira con ojos roncos y voz nublada. Y con un carraspeo y una sonrisa a medias termina diciendo que, a pesar de todo, «algún día, acabaremos despertando del todo, y haciéndonos oír».

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