Sobre Crónica de una muerte anunciada

«La primera condición del realismo mágico, como su nombre lo indica, es que sea un hecho rigurosamente cierto que, sin embargo, parece fantástico»; de este modo definía el propio García Márquez la noción de este singular movimiento en el que se vio envuelto.

Así, conservando una visión casi onírica de los hechos, y un marco temporal que parece fluir en todas las direcciones, a merced del autor; se nos presenta, en forma de crónica, el relato de la muerte del joven árabe Santiago Nasar. De este modo, la novela desafía los esquemas literarios desde su misma concepción. Con un estilo que se corresponde con el género periodístico, pero que abarca una narración: la de una muerte anunciada.

En esta ocasión, he de destacar uno de los fragmentos más representativos de la obra, el juicio; que pretende definir el umbral de justificación de los hermanos Vicario o, en su defecto, el de culpabilidad de Nasar. En cualquier caso, lo único que en ningún momento se cuestiona es la culpabilidad. Aunque, irónicamente, se discute en varias ocasiones la inocencia de éstos, al tratarse de una «cuestión de honor».

En una escena casi dantesca donde la justicia divina, representada por el padre Amador, parece oponerse frontalmente a la condena, al castigo; los hermanos no muestran un solo atisbo de arrepentimiento. Al contrario, se empeñan en reforzar lo viril y la honra que reside en su acción, y se muestran completamente conscientes de la tragedia. Para completar la antítesis, sus compañeros de celda afirman recordarlos por su espíritu afable y su carácter social. Los personajes bíblicos, los «Pedro y Pablo» particulares de Gabo, afilan cuchillos de dieciocho centímetros y asesinan a veinticuatro puñaladas de arma blanca.

Pero, hay en estos acontecimientos mucha más verdad de la que podemos imaginar. En octubre de 2007, Miguel Reyes Palencia, de 85 años de edad, afirmaba ser el único personaje de García Márquez que aún vivía, Bayardo San Román. Su esposa, Margarita Chica – nuestra Ángela Vicario – había fallecido poco antes, y Palencia no quería enterrar la historia con él. Son muchos los detalles que no coinciden, y otros tantos los que sí lo hacen. Sólo una cosa parece inmutable, cuando fue preguntado por los hermanos Chica (Vicario), Palencia respondió que a pesar del incidente, no creía que hubieran sido malas personas.

«Eran otros tiempos, estaban envenenados.»

Por otra parte, el Santiago Nasar de Márquez, asesinado cruel e injustamente tras haber sufrido de sueños premonitorios sobre su propia muerte; nos trae la dulce nostalgia de otros muchos personajes de sus coetáneos. Tal es el caso de Rosa del Valle, la bella; de La casa de los espíritus. Allende nos presentó a un ser tan puro, tan bello, amado y protegido por todos, que murió envenenado pocos días antes de casarse. También aquí presenciamos una rudimentaria autopsia y grotesca; y ese «destino fatal» que parece perseguir a todos los personajes del realismo mágico.

En definitiva, el movimiento es un modo de protesta contra la dictadura y otras formas de tiranía e imperialismo que habían reinado en la Sudamérica de años pasados. Permitió a los autores esconder la justicia que predicaban – a la par que la predicaban con valentía – bajo la fórmula de literatura mágica; sólo comprensible para unos pocos, los que habían vivido las injusticias de primera mano, en tiempos y lugares donde la democracia hubiera sido su yugo.

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