Sobre tecnología y progreso

Lo que hoy puede parecernos una prolongación de nuestro propio cuerpo, no siempre ha tenido la humilde consideración de acompañarnos. El epicentro de esta hecatombe tecnológica se sitúa en el S.XIX, cuando el proceso se dispara y surgen la telefonía sin hilos, el automóvil, la teoría de la relatividad, etc. Las condiciones de vida mejoraron más que notablemente, las vacaciones comenzaron a ser accesibles para “todos”; y nos hicimos con la patente de, hasta ahora, el más eficaz invento del ser humano: el velo de invisibilización de las tres cuartas partes del mundo para las cuales este “progreso” no era alcanzable, ni siquiera verosímil.

Pero centrémonos en esa ínfima parte, “los privilegiados”, quienes estaban en el lugar adecuado en el momento adecuado. Pese a todos estos cambios colosales, titánicos; el progreso no dará la felicidad al moderno hombre urbano. El ciudadano cosmopolita habría de percatarse, -¡cuán terrible es su dicha!- de que poder comunicarse a miles de kilómetros con un pequeño aparato, por medio de una magia incomprensible que se hacía llamar ciencia; no servía de nada si uno no tenía nada bueno que decir.

Si me lo preguntaran, no dudaría en afirmas que éste fue el verdadero desencadenante del desarrollo del “progreso con fines recreativos”. El miedo, el terror que le producía al ser humano el verse aislado de todo cuanto hasta ahora había definido su idiosincrasia: el famoso Humanismo, los novedosos planteamientos morales de Giovanni Boccaccio, los símbolos de los grandes dramas del hombre de Shakespeare, el psicoanálisis de Freud, racionalismo, vitalismo, Wagner, Strauss, las mágicas láminas coloreadas de Méliès, la bohemia que flotaba en los bajos fondos parisinos. Todos ellos, quienes más y quienes menos, quedaron destronados como el príncipe de Delibes; y en su lugar, aparecieron la televisión, la radio y las montañas rusas.

En nuestros días, mis peores temores se confirman cada vez que un dato científico, ponderable, dinámico sobre nuestras capacidades es relevado. El Homo sapiens sapiens, que durante toda su cadena evolutiva no había hecho sino aumentar su memoria, su comprensión, su raciocinio; ahora puede manejar una televisión inteligente a la perfección, con sólo tres años. Pero, ¿y si pidiéramos a ese mismo niño que reflexionara sobre la televisión?

Nada me gustaría más que equivocarme, pero me temo que sólo podría hablarnos de que su programa favorito comienza a las cuatro, y su madre ve las noticias a las cinco. Los niños, las personas más creativas del mundo.

Dice el saber popular que un pueblo ignorante es un pueblo manipulable, y que “debemos cuidarnos de los medios de comunicación, pues nos harán odiar al oprimido y amar al opresor”. Como seres humanos que han perdido la noción de la realidad, es nuestra labor volver a otorgarle a la televisión la categoría que se merece: la de instrumento, y en ningún caso la de profesora, educadora, ni mucho menos Führer.

En definitiva, el asunto que debería ocupar la base de nuestras películas de ciencia-ficción y preocupaciones no es el hecho de que, llegado un punto, los robots puedan o no llegar a desarrollar una conciencia; sino el dilema de si el ser humano, con todo su legado heterogéneo y admirable, llegará a perder por completo todo aquello que le hace estar vivo, y se convertirá en un robot.

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