Umbral de dignidad

Artículo de referenciaEl Mundo, Cada hogar paga 60 euros en la factura de la luz aunque no dé al interruptor.

Como seres humanos, siempre hemos tenido una más que curiosa inclinación para referirnos a «la luz» como triunfo. El filósofo Platón, en el siglo V antes de nuestra era, la utilizaba ya como alegoría de aquello que consideraba «el verdadero conocimiento». El siglo XVIII, que aún hoy conocemos por su apoteósico ensalce de la razón, y en el que se encuadran personajes tan ilustres como el filósofo Immanuel Kant, o los pensadores Voltaire y Jovellanos; se conoce popularmente como «de las luces». Este mismo siglo, en 1752, Benjamin Franklin experimentó por primera vez con la electricidad, haciendo volar una cometa durante una tormenta.Demostró que el relámpago se producía debido a ésta y, como consecuencia de estas experimentaciones, inventó el pararrayos. Unos años después, en 1879, en Thomas Alva Edison exhibió públicamente su bombilla o foco eléctrico incandescente, su invento más importante. Tuvo un gran éxito. Ante esto, no puedo evitar preguntarme ciertas cosas. ¿Qué pensarían Jovellanos, Kant, o el mismísimo Edison, de nosotros? Qué pensarían del país donde conviven tantas familias que son incapaces de pagar el recibo de la luz, o el gas;  pero que nunca deja de iluminar sus calles en Navidad. Qué pensaría el inventor de la bombilla de que nuestra principal innovación hacia su legado ha sido otorgarle tan alto precio.

Y es que, por muy inverosímil que pueda asemejársenos, cada hogar paga 60 euros en la factura de la luz aunque no dé al interruptor. Un 46% del coste de la electricidad que pagan los hogares está desvinculado de la generación de electricidad, y de su transporte y distribución a través de las redes. Esto implica el pago en cada factura bimestral de 60 euros por parte de un consumidor residencial medio para costear políticas energéticas e impuestos, según un estudio sobre tarifas eléctricas presentado el pasado octubre en Madrid. Y, ni por asomo, éste se trata de un fenómeno aislado de la comunidad. El usuario paga en función de su consumo horario —en función del precio que tiene la energía, cada hora, en el mercado mayorista—, lo que le debería llevar a modificar sus hábitos y consumir en las horas del día con la energía más barata. ¿Ahorraría el consumidor de seguir estas pautas? Sí, pero unos pocos euros, porque el término de consumo no representa ni cuatro de cada 10 euros del importe final de la factura, y en el recibo conviven múltiples elementos que poco tienen que ver con la energía consumida y con nuestras costumbres o «esfuerzos» domésticos.

Pero, ¿qué es verdaderamente la pobreza energética? ¿Y cómo es posible que el pago de estos sesenta euros se encuentre tan al margen de nuestra voluntad y conocimiento?

La pobreza energética, por regla general, se define como la incapacidad de un hogar de satisfacer una cantidad mínima de servicios de la energía para sus necesidades básicas; como mantener la vivienda en unas condiciones de climatización adecuadas para la salud (18- 21ºC en invierno y 25ºC en verano, según los criterios de la Organización Mundial de la Salud). Tan vergonzoso suceso no tiene otras causas que los bajos ingresos del hogar, así como los elevados precios de la energía. En España, según el estudio “Pobreza Energética en España. Análisis de Tendencias” realizado en 2014 por la Asociación de Ciencias Ambientales, se estimaba que en 2012 (el último año con datos disponibles) un 17% de los hogares residentes en España (población estimada de 7 millones de personas), estaban destinando más del 10% (el doble de la media) de sus ingresos anuales al pago de la factura energética del hogar. También, en 2012, se estimaba que el 9% de los hogares, equivalente a 4 millones de personas, se declaraban incapaces de mantener su vivienda a una temperatura adecuada durante el invierno. Dicho estudio puso también de manifiesto la cada vez mayor dificultad, desde que empezó la crisis económica, de los hogares españoles para mantener su vivienda con una temperatura adecuada durante los meses fríos. Además, se resaltaron las consecuencias sobre la salud que se derivan de habitar una vivienda a una temperatura inadecuada; que, en su versión más extrema, llega a causar la muerte prematura de miles de personas cada año.

España se ha situado como el cuarto país europeo con el precio más caro de la electricidad, solo por detrás de Dinamarca, Alemania e Irlanda. El coste a cierre de 2014 antes de impuestos era el doble de los 0,10 euros/kwh que paga una residencia norteamericana. Incluyendo el IVA, el precio de la luz se eleva a 0,23 euros/kwh, lo que supone un incremento del 50% desde 2008. El recibo eléctrico europeo, y en especial el español, se ha convertido durante la crisis en un auténtico cajón de sastre con el que se financian políticas energéticas de todo tipo. El incremento -en muchos casos desordenado- de estas partidas durante la crisis ha llevado a que el precio de la luz que pagan los hogares haya subido en España el doble que en el resto de la Unión Europea.

En definitiva, debemos preguntarnos hasta qué punto desafía a nuestros valores éticos permitir que familias en cuyos hogares hace aún más frío que en las calles, que mantienen el congelador apagado en invierno, o no pueden permitirse el lujo de presionar el interruptor hasta entrada la noche; cuenten en sus recibos con sesenta euros «fantasmas». Sesenta euros que «la financiación de políticas energéticas e impuestos», o dicho de otro modo, las grandes compañías eléctricas y energéticas; necesitan mucho menos que esos cuatro millones de personas. Que, más allá de cifras escalofriantes, son ancianos que deben convivir y combatir con la artrosis diariamente, y niños.

Me gustaría finalizar remitiéndome al anteriormente mencionado Thomas Alva Edison, loado inventor de la bombilla y otros inventos de luces; que afirmaba «las personas no son recordadas por el número de veces que fracasan, sino por el número de veces que tienen éxito». Sin duda, una sentencia esperanzadora; la única que logra eximirnos de la inherente responsabilidad como seres humanos, por ser los únicos y exclusivos creadores de la pobreza energética. Por ser los indudables violadores del umbral de dignidad de millones de familias.

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