Y de ilusión

(Extracto perteneciente a revista local. Tema: la luz).

Ciento cincuenta años.1428341004_846814_1428341315_noticia_normal

Un siglo y medio se ha colado en nuestra historia desde el nacimiento del novelista y dramaturgo Ramón María del Valle-Inclán; cuya vida oscila constantemente entre la realidad y su trágica creación, el«esperpento».

Sin duda, nos encontramos ante un personaje ilustre, que en múltiples ocasiones ha sido tachado de pobre, antirreligioso, izquierdista, bohemio o genio incomprendido. Sin embargo, es terriblemente ínfima la información que poseemos sobre quién fue, realmente, este «hombre de luces», que tan alto renombre ha logrado alcanzar en nuestros días. Y, en vista de que veníamos hablando de eso mismo, de luces, me parecía indispensable poner de mi parte para, una vez más, someternos a una dosis de intensa
culturoterapia. Siempre bienvenida.

Ya desde muy joven, durante el transcurso de la Guerra de Cuba, ValleInclán adoptó posturas más que controvertidas al posicionarse a favor de la lucha de los independentistas cubanos, que combatían la presencia – de carácter invasivo ─ de las tropas españolas en la isla. Él mismo había residido en Cuba durante una temporada, en mil ochocientos noventa y tres, hecho que condicionó indudablemente su postura respecto al conflicto. Poco después, en mil novecientos ochenta y nueve, protagonizó un altercado en una taberna con su amigo y contertulio Manuel Bueno. Tuvo durante toda su vida firmes ideales acerca de casi todo, que defendió con gran ingenio y vehemencia en las tertulias de café y en múltiples reuniones. Así, se desataba una pelea de bastonazos y vasos, que terminó con la amputación del brazo izquierdo del escritor. Valle- Inclán, al contrario de lo que suele creerse, provenía de una familia acaudalada. Desde joven, en mil ochocientos noventa y cinco, consiguió un cargo de funcionario en la Instrucción Pública. Además, fue nombrado catedrático de Estética de las Bellas Artes en Madrid; ocupaciones que no solía frecuentar, pero que continuaban siéndole retribuidas.

Vivía de traducir, de artículos de prensa, de sus libros y la representación de sus obras; así como de algunos empleos públicos. Entre mil ochocientos ochenta y nueve y mil novecientos dos, sin embargo, atravesaba un insólito período de estrechez económica. Por todo ello, este incidente supuso un punto de inflexión en la vida del escritor. A partir de este  punto, afirman académicos varios, comienza a tomarse su carrera literaria más en serio. Pese a todas estas penurias, no llegó nunca a parecerse a los personajes de sus obras. Decía Antonio Machado, que: «Nunca fue Don Ramón, ni aún en los tiempos de mayor penuria, un bohemio a la manera desgarrada, maloliente y alcohólica de su tiempo».

En efecto, son muchos los tópicos sobre su vida que han sido desmentidos con el tiempo; llegando incluso a insinuarse su admiración por los fascismos, el dictador Benito Mussolini, o la conservación del cristianismo durante la Primera Guerra Mundial. Esto, lejos de desmontar las varias teorías conspiratorias sobre su persona, nos aporta una perspectiva distinta. Personalmente, ─y, ciertamente, esta opinión carece de toda validez científica─ quiero traducir estas controvertidas declaraciones en el yo hiperbólico y teatral que siempre definió su idiosincrasia. La crítica de Valle-Inclán, en todas y cada una de sus obras, es una crítica despiadada, pero ciega; que dispara contra todo y contra todos. El Modernismo, el Gobierno, la guerra. Fueron muchas las víctimas de sus numerosas invectivas.

Desde El pasajero, pasando por La Pipa de Kif o Las galas del difunto, se tratan de obras donde el simbolismo y la caricatura culminan, alcanzando su máximo esplendor y, lo que más sorprende; haciendo olvidar a Valle- Inclán lo que ante todo era. Un gallego exacerbado, que amaba su tierra y sus costumbres, los cuales incluía en su obra con frecuencia. En éstas, sorprendentemente, el paisaje queda relegado a un papel secundario, centrándose únicamente en la deformación y la crítica. Sin embargo, es una obra en concreto la que hoy merece toda mi atención. Luces de bohemia.

Sin duda, uno de los textos esenciales de nuestro teatro, publicado inicialmente en mil novecientos veinte, y con el cual queda inaugurada una nueva manera de ver la realidad: el esperpento. Un renovado concepto estético, deformación matemática conseguida a través del rebote de la realidad en los espejos cóncavos, que nos recuerda a los múltiples recursos de estilización y distanciamiento empleados por algunos de los más importantes clásicos del teatro, de Aristófanes a Beckett pasando por Shakespeare y Brecht; y cuya paternidad Valle atribuye a Goya.

En ella, el primer poeta de España, Máximo Estrella, recorre una Madrid que, lejos de dormir,parece acrecentarse y vivir más intensamente durante la noche. En este viaje le acompaña Don Latino de Hispalis, un dandi que pulula, como el resto de personajes ─ a excepción de Max ─ como un ciego en este peregrinaje por el sórdido paisaje nocturno. A lo largo de la noche, ambos van encontrándose con todo el lumpen de la ciudad: delincuentes, prostitutas, proletarios mal pagados, policías, periodistas, ministros, anarquistas, modernistas… En definitiva, un microcosmos completo de la sociedad de la época de entonces; que, curiosamente, no parece distanciarse distancia tanto de la de ahora.

En un panorama social y político como el nuestro, donde la sátira se torna pseudodelito, la
libertad está titiritando y el único acuerdo tácito parece ser el no llegar a resolución alguna;
debemos tener mucho más presentes obras como ésta, que nos recuerdan que la risa es, a veces, la única opción viable frente a la debacle. No por nada personas de tal renombre como el recientemente fallecido actor Carlos Álvarez-Nóvoa, o el filólogo y catedrático Manuel Alberca, han dedicado su vida y obra a estudiar y desglosar este esperpéntico retrato de nuestra nación. Tengamos presente también, especialmente hoy, que siempre debe guardarse, en la sociedad, un lugar privilegiado para la cultura. Para el arte, para el esperpento. Que los más jóvenes conozcan, y los mayores no olviden, que hace ciento cincuenta años nacía uno de los personajes más ilustres de nuestra literatura y nuestro teatro. Un caballero de triste figura, que murió rodeado de un misterio que aún hoy resulta incierto. Y, en días de bohemia como éstos, no olvidemos conservar las luces. La esperanza, la ilusión.

Pues « en España podrá faltar el pan, pero el ingenio y el buen humor no se acaban. »

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