Reflexiones varias sobre la libertad

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I now walk… into the wild.

Al elaborar una obra de arte puede optarse por la delicadeza que impregna el ideal romántico de “lo bello” o  lo grotesco que esconde el fracaso de nuestras más puras convicciones, ¿pero qué ocurre cuando ambas se fusionan?

‘Into the wild’, o Hacia rutas salvajes se trata de uno de los filmes más reveladores que tiempo atrás he tenido la oportunidad de visionar. Dirigida por Sean Penn y protagonizada por Emile Hirsch (encarnando a Alexander Supertramp), no olvidando el maravilloso trabajo musical llevado a cabo por Eddie Veder; la obra está basada en la novela homónima de Jon Krakauer y, asimismo en hechos reales, conservando los nombres de los protagonistas originales de esta historia que, ya en un primer momento se deja arropar por los sentimientos y la simpleza inherentes a la vida misma.

Long nights- Eddie Veder

“Para evitar que la sociedad le intoxique decide huir”, ésta premisa, que se nos presenta ya en los primeros minutos de metraje, es una de las claves fundamentales para entender la motivación de un chico de apenas veinte años para abandonar toda aquella realidad a la que puede aferrarse; como igualmente lo son el papel de la familia y el miedo, que del rechazo inicial hacia la alienación avanza hasta el pánico final en torno a la soledad.

El aullido, el silbido que mece el agua, la nieve; Alaska.

No existe duda alguna respecto a mi persona sobre la que resulta la escena más conmovedora en ciento cincuenta minutos plagados de imágenes y frases memorables. El protagonista en soledad, rodeado de nieve y escondido entre las níveas hojas cubiertas de los árboles, soplando sobre la superficie inundada de un barril mohoso, creando ondas en la quietud, amparado por el equilibrio inmutable de lo salvaje.

Es un extremista, un viajero estético cuyo hogar es el camino“. El inicio de la trama nos sitúa en mayo de 1992, cuando Cristopher McCandless, un joven licenciado decide renunciar a las posesiones materiales, familia, amigos y abandonar su cotidianidad; emprender “la batalla definitiva para matar al ser falso interior y salir victorioso de la revolución espiritual”. En todo momento esta “gran aventura” se enfoca hacia un fin claramente definido: Alaska, pasar un tiempo indefinido en el estado, de nuevo con la única compañía de sus propios zapatos y una vieja mochila cargada de enseres y expectativas.

Cambiar de nombre, abandonar tu coche, quemar tus ahorros o donarlos, como es el caso, para que “alimenten con ellos a alguien” y desaparecer. Ideales fuertemente románticos que buscan esa intimación primera – o última, según como quiera verse – de identificación absoluta con la naturaleza, fusión primigenia. Liberarte de las ataduras como ejercicio de estimulación que nuestra mente asocia con escapar.

Pero, escapar ¿de qué?

En boca del protagonista, “abstracción, falsa seguridad, padres y excesos materiales, que nos aíslan de la verdad de nuestra existencia”. No hay más que ver los rostros de tantas personas entrando y saliendo cada día del metro, en un rutina perfectamente planificada, angustiosa y tóxica; el conformismo que invade las aulas, los despachos, las instituciones, y lo más preocupante, los hogares, las almas. Vivimos por y para una cultura que sólo busca beneficiar al capital: cambiar de teléfono móvil, necesitar ese nuevo teléfono móvil,  esa entrada de concierto, esa prenda de ropa, esa alfombra, ese videojuego, esa consola, ese perfume, esas zapatillas, esa nueva herramienta, aquel otro nuevo sillón, este otro nuevo pendiente. Todo, todo, todo. ¿Cuándo? Ahora, porque no podemos esperar, no podemos salir del círculo sin abocarnos al aislamiento que esta obra nos presenta; no ya entendido como el aislamiento físico, sino como aislamiento social, moral, emocional. Vivimos atrapados en un consumismo vox nihili que produce individuos enfermos y genera una sociedad enfermiza, una cultura de adoración de lo material, que nos lleva a la veneración de los comportamientos individuales, agresivos y violentos.

Para comprender todo ello, todas las razones que Supertramps baraja en esa vorágine de ideas que turban su mente, me resulta inevitable citar a dos de las grandes figuras de la literatura universal: Goethe y Kafka.

La huida del hombre hacia lo salvaje, o en su defecto, en búsqueda de la paz que sólo puede hallarse en la naturaleza nos traslada inevitablemente al Werther, de Goethe. Uno de los primeros bestsellers literarios, una de las primeras obras con las que los individuos “empatizaron en masa”. ¿Por qué? Porque si bien no tenemos problema en atenernos sin emileápice de desobediencia o más mínimo interés a los roles y normas sociales que nos son impuestos, legados; no es hasta que una voz insurrecta y arriesgada se atreve a rebelarse, en tanto que comete la incomprensible locura de decir la verdad, que el resto de nosotros comienza a sumarse “ciegamente” a esa propuesta, confesar su conformidad, o en su defecto su inconformismo.

Y, por otra parte, la cuestión existencialista: cada vez que se evocan los motivos que llevan a Alexander a abandonar su vida, se evocan también los motivos que le llevan a vivir, a existir, del modo en el que lo hace. No como un Gregor que no concibe su propia vida sino como un animal en plena metamorfosis, que no logra entender ni quiere participar de la mentira en la que se ha visto envuelto anteriormente: la “realidad”.

Si aceptamos que la vida humana se rige por la razón, la posibilidad de vivir queda destruida.

Oda a la felicidad.

Si bien es innegable que el contenido emocional (negativo) es tangible y abrumador, into-the-wild-horses-731087fácilmente identificable, lo que perdura con más contundencia en nuestra retina son las escenas en plena armonía con la naturaleza. La soledad – no sonora, si bien también resuena el canto de la magnificencia del medio natural, sino acompañada – como canto a la vida y a la felicidad. Las carreras en sintonía junto a los caballos, perderse entre las espigas de trigo, los rápidos y el peligro acechante de las rocas; los gritos huecos hacia la montaña, las carreras de los alces, el agua helada, el desierto y la nieve. La lectura en la piedra contemplando la infinitud del océano, el vuelo de las aves entonado con los brazos abiertos a la vida; incluso en los últimos minutos, que preceden a la tragedia final, el “autobús mágico” abandonado, todo nos incita a conocer una felicidad simple y perfecta, maravillosa en su concepción. Los paisajes se tratan con una delicadeza sobrecogedora, y generan una empatía incluso mayor que aquellos momentos en los que el protagonista llega a agonizar, sentir frío o dolor incesante.

Familia y miedo, “merecer amor”.

La primera escena que podemos observar – y que tiende a olvidarse cuando la historia principal termina – comienza con el llanto de la madre, que despierta llena de rabia y dolor creyendo firmemente haber oído la voz de su hijo.

“Haced lo que vais a hacer y yo contaré lo que pasó”.

La figura de los padres en todo momento se emplea como alusión constante a la formalidad. “Ella no es la mujer de tu vida ni él tu hombre ideal, no lo hagáis, conoceréis el sufrimiento más profundo, querréis morir”. Alexander llega incluso a insinuar que se involucraría para evitar que sus padres se hubieran conocido alguna vez; pues ese mismo conformismo, la rutina, los ha llevado a la ruina moral, la debacle. El padre, como figura plenamente alienada en esta decadencia sentimental “su arrogancia le hacía totalmente ajeno al dolor que causaba”; que termina rompiéndose en mil pedazos en una de las escenas finales, amarrado a sus propias rodillas y llorando a desconsuelo, sentado en el centro de una carretera vacía.

Junto a ellos, la hermana, simboliza la inocencia que – como en el caso de Alexander- se ha visto corrompida y arrastrada por esta estructura familiar condenadamente monótona y carente de sentido; pero que, a diferencia de su hermano, consigue salvarse, recuperarse a tiempo.

Toda esta composición “títere” familiar llevan al abismo a un joven Cristopher, que horrorizado ante la insípida relación de sus padres (y en especial la vida oculta y secreta de éste) provocan que el joven no se crea merecedor de sentir amor, como podemos comprobar en la escena en la que él mismo otorga esta reflexión a Jan y Rainey, refiriéndose a ella, y afirmando que existen ciertas personas que no se creen merecedoras de tal sentimiento, que suelen dirigirse hacia espacios vacíos e intentan cerrar las brechas del pasado; y acto seguido, él mismo se muestra de esta forma, sentado en  la roca, simplemente siendo.

Tolstói, Jack London y Thoreau.

O cómo el vagabundo de cuero no encuentra otro refugio para su alma que los personajes literarios.

“Antes que el amor, el dinero, la fe, la fama, la justicia; dadme la verdad”.

-Thoreau

El espíritu del hombre se alimenta de nuevas experiencias y hemos de enfrentarnos al miedo. Así, el protagonista tiene miedo al agua pero no opone resistencia alguna a nadar. “Enfrentarte solo a la piedra ciega y sorda, no ser fuerte sino sentirte fuerte“. Dinero y poder no son más que una ilusión, y lo trascendental, lo que realmente importa está más allá de ese alcance mundano: la condena, el control.

The freedom and simple beauty is just too good to pass up.

Son tantos los temas tratados que resultan infinitamente inabarcables. La catarsis en el momento de la caza, el tratamiento de la figura de dios como ente superior, la disyunción entre amar y perdonar, el amor (y la ausencia de él), la libertad.

He vivido muchas cosas y creo que ya sé lo que se necesita para ser feliz. Una vida tranquila y alejada en el campo, con la posibilidad de ser útil a otras personas con las que resulta fácil hacer el bien y que no están acostumbradas a que las ayuden. Quizá un trabajo que sea de algún provecho y luego descansar, la naturaleza, libros, música, el amor al prójimo… esa es mi idea de la felicidad. Y para culminar todo lo anterior, que usted fuera mía y que tuviéramos hijos tal vez. Qué más puede desear el corazón de un hombre.

-Tolstói

La muerte.

Todo ello converge en la parte final, pues no debemos olvidar que no se trata más que de un chico, de apenas veinte años, a quien un modelo de sistema totalmente desfasado y asfixiante lleva al límite, hasta tal punto que se cree capaz de vivir completamente aislado, cree verse en la necesidad de hacerlo; y que en el último minuto consigue redimirse con una última frase de vértigo: la felicidad sólo es real cuando es compartido.

Un final elaborado de forma sublime, donde vemos aflorar el miedo más hondo como instinto base del ser humano, donde el protagonista consigue redimirse y abrazar de forma maravillosa a su familia en un último suspiro; no rechazando, de ningún modo a sus ideales, y afirmando que ha llevado una vida plena, despidiéndose con rabia, pero en paz.

Y éste no debe, en ningún caso, malinterpretarse. Pues de estos ciento cincuenta minutos si hay una única enseñanza moral que no debe extraerse es lanzarse a la naturaleza, sin plan o capacidad alguna, pretendiendo ampararse en unos valores de naturaleza moral superior; y así se evidencia con el trágico final, con la paliza en las vías, con la soledad redimida en el último segundo. Lo que Into the wild quiere realmente transmitirnos es que existen otras opciones, otras maneras y otros caminos; existe una manera correcta, más correcta de hacer las cosas.

No como crítica cinematográfica, sino a nivel humano, emocional, se trata de un mensaje inusualmente rebelador que nos incita a explorar y aprender, seguir aprendiendo, siempre. También, a arrepentirnos cuando es necesario y aún posible, frenar, amar y perdonar.

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